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Camarón y Paco de Lucía, juntos ya para siempre

WUVN News
02/26/2014 9:55 AM

Madrid, 26 feb (EFE).- Hubo una estación de miel y otra de rabia en el viaje que compartieron Camarón y Paco de Lucía pero el segundo se fundió cuando su compadre, la voz de sus dedos, murió. Tanto que estuvo un año apartado de todo. Ahora, cuando inesperadamente a él también le ha alcanzado el tiempo, estarán ya juntos para siempre.

La historia de Camarón y de Paco de Lucía, a los que desde hoy cubren oscuras flores de duelo como decía el mítico “Leyenda del tiempo”, es la del flamenco del siglo XX, la de los aristócratas de un arte que hasta que llegaron ellos no salía de las ventas, los señoritos y las juergas en las que se juntaba el sol del atardecer con el del amanecer y el hambre con las ganas de comer.

Cuentan que se conocieron a principios de los años 60, cuando eran poco más que adolescentes, en una finca jerezana (sur). El de la Isla fantaseaba con ser torero, y el otro llevaba enganchado a la guitarra “desde chico”, en la estela de su padre, del que mamó, como si fuera tan gitano como Camarón, el “non stop” de las noches de acordes y cante.

Tuvieron que viajar a Madrid para aprender a ser amigos, y en la capital lo mismo jugaban al billar que iban al cine, pero su vida se mezcló “como lava y carbón” cuando Camarón debutó en el tablao Torres Bermejas, en 1969.

El padre de Paco, Antonio Sánchez Pecino, cayó rendido a su arte, y le hizo muchas canciones que luego grabarían juntos, porque se convirtió en su productor.

En la casa madrileña de los Sánchez, que habitaban también los que serían para el arte Pepe de Lucía y Ramón de Algeciras, se hicieron íntimos Camarón y Paco, y nacería el primero de los once discos que hicieron juntos entre 1969 y 1977, “Al verte las flores lloran”.

Introvertidos hasta casi la enfermedad; fumadores empedernidos, de los de varios paquetes diarios; agudísimos en su percepción de lo que les rodeaba y muy exigentes con lo que hacían, luchando contra su personaje público, del que ambos se resguardaban como podían desde el talud de su mirada y las “justas palabras”.

Compartieron escenarios, reflexiones casi telepáticas sobre el arte, el amor y la muerte, y lo privado y lo público, de lo que fueron defendiéndose como podían, porque desde muy temprano decir “Camarón y Paco de Lucía” desataba casi devoción mariana.

El padre de Paco fue también un poco el padre de Camarón, y en la tensión entre la noche y sus gentes sin alma y la vida ordenada de un artista con proyección más allá de la ruta de tablao y manta acabó ganando, como ya es historia, la primera.

Así que punto final. Camarón se buscó a otro productor y autor, y Antonio Sánchez salió de su vida y entró el abogado sevillano y flamencólogo Ricardo Pachón, el que auspició “La leyenda del tiempo”.

Y los que eran uno se convirtieron en dos, porque Paco no entendió la deriva de Camarón, y estuvieron casi dos años sin hablarse.

En 1981, la tormenta amainó, y el guitarrista fue el director musical del siguiente disco, “Como el agua”, una colaboración que continuaría con “Calle Real”, de 1983, y hasta el que sería el último disco del cantaor, “Potro de rabia y miel”, de 1992.

Aquel disco salió como su título, entre el sufrimiento de ajustarse el uno al otro con vidas profesionales tan diferentes y la sentencia de muerte que llevaba encima el cantaor, y el bálsamo para su alma que suponía estar juntos en un proyecto como ese.

Cuando el cantaor se fue, él se fue. Se murió un poco aquel dos de julio de 1992 y un mucho cuando se extendió un muy mal intencionado rumor sobre unos pretendidos derechos de autor de Camarón que él habría gestionado con mala fe.

“Aquellas acusaciones me hicieron polvo”, confesaría tiempo después el que se consideraba su hermano, un dolor que no cesó aun cuando la familia del fallecido hizo público un comunicado para desmentir los presuntos desmanes.

Se retiró una larga temporada en la que se reafirmó en su certeza de que no estaba hecho para la contemplación de los demás. Y tocara la guitarra o no, parecía estar siempre en fuga del sitio en el que se “aparecía”.

Era tan refractario a los focos que era el único artista de su talla, si es que se podía comparar a alguien, que no hacía promoción de sus discos. Se vendían solos, como sucederá con el que será su disco póstumo. Otra cosa más que unirá para siempre sus leyendas en el corazón del sueño.

Por Concha Barrigós