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Las distintas soledades de Eva Yerbabuena en “Lluvia” triunfan en Nueva York

WUVN News
03/10/2014 2:50 AM
Actualizada: 03/10/2014 2:23 AM

Nueva York, 10 mar (EFE).- Tarantas, milongas o soleás al servicio de la soledad hicieron el domingo al público neoyorquino ponerse en pie con “Lluvia”, el espectáculo que la bailaora y coreógrafo Eva Yerbabuena ha entregado en el Flamenco Festival de Nueva York y en el que encadena contemporaneidad, metaflamenco y pasión.

Después de presentar “Ay!” el sábado, Yerbabuena ofreció otra cara de su talento en el New York City Center con “Lluvia”, espectáculo que le ha llevado de gira por todo el mundo, y en el que la teatralidad que nace “de un día gris de pura melancolía” emprende una batalla contra el silencio que casa el flamenco con el teatro, el melodrama y la parodia.

“El silencio hace daño cuando es puro”, es el poema de Horacio Gracía que se lee en el escenario, y “la Yerbabuena” lo araña con su punto fuerte, la apoteosis del taconeo, pero también lo viste de esas influencias que ha ido recogiendo desde que comenzó su carrera, allá a finales de los 80.

Así, el comienzo con “El sin fin de la vida” la presentó a ella como una flor roja entre un campo humano gris y homogeneizado. Un muro, una puerta y Eva Yerbabuena emergiendo de la platea para subir al escenario. Alfa y omega de este sentido espectáculo.

De Pina Bausch, quien le invitó en 2001 a participar en Wuppertal, en Alemania, aprendió a encontrar la belleza coreográfica de los cuerpos imperfectos, y ese es el punto de partida de “Lluvia”, que se antoja en sus primeros minutos como una especie de guiño, en versión distópica de su legendario “Café Muller”.

Y así, una vez que Yerbabuena (Frankfurt, 1970) cruzó la puerta de aquél muro con transparencias, se encendió el flamenco como grito de dolor y esperanza a un mismo tiempo, en las voces de José Valencia, Enrique “El Extremeño” y Juan José Amador. 

Una transición con el título de “Peldaño” y, por fin, la bailaora entregada a su arte en la taranta “Barro” arrancaron los primeros “olés” de la platea.

A partir de ahí, el viaje melancólico se acelera y esa “Lluvia” emocional precipita con fuerza: desde la incomunicación sentimental que atraviesa las maderas de una mesa en “Soledades”, uno de los momentos cumbres del espectáculo a ritmo de milonga, a la catarsis sordomuda de baile contemporáneo llamada “Palabras rotas”.

En ella, Yerbabuena desaparece como bailaora y brilla como coreógrafa: da protagonismo a su cuerpo de baile, excelente, con Lorena Franco y Mercedes de Córdoba jugando a los roles de género contra Christian Lozano y Eduardo Guerrero.

Eva Yerbabuena, tras esta vanguardista reinvención del quejío, reculó hacia la caricatura voluntaria de la feria de Cádiz, se enganchó la rosa, la peineta y los faralaes y se dio al tanguillo de “La querendona”, dedicada a sus abuelos Concha y José, y al humor físico de “Lluvia de sal”, alegrías de “triquititrán” clásico con un giro de autoparodia que, al final, fue pese a su ligereza lo que más animó a la audiencia.

Pero para cerrar con círculo coherente esta apuesta íntima, Yerbabuena se dejó el clímax total: la soléa “Llanto”, a ritmo de la hermosísima “Se nos rompió el amor”, y con ella en solitario entregada a la bata de cola, al terciopelo negro y al arrebato desgarrador, recordando que ninguna flor duró dos primaveras, pero que “la Yerbabuena” lleva ya dos décadas en lo más alto del baile flamenco.

Mateo Sancho Cardiel