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Después de 40 años, la Revolución sigue provocando sentimientos encontrados

WUVN News
04/21/2014 7:41 AM

Lisboa, 21 abr (EFE).- Libertad, oportunidad perdida o proceso fallido son algunos de los términos usados por los portugueses para definir la Revolución de los Claveles, el golpe militar que acabó con la dictadura y que 40 años después sigue sin dejar indiferente a nadie.

Aquel 25 de abril de 1974 un grupo de militares se rebeló contra el régimen, un hito incontestable que, a pesar de haber sido clave para la llegada de la democracia, suscita opiniones y sentimientos encontrados entre la ciudadanía lusa, casi tantos como los diez millones de habitantes que tiene el país.

“El golpe de Estado tenía como objetivo acabar con la Guerra colonial en África y no fue para traer la democracia como piensan muchos”, aclara en declaraciones a EFE el politólogo y escritor luso Sant’Ana De Castro, que firma bajo seudónimo.

De Castro, de 77 años y profesor universitario durante más de cuatro décadas, considera aquel movimiento como una revolución “fallida” porque no fue seguida de una revolución cultural que permitiese aflorar el “libre pensamiento”.

Para el politólogo, el mayor problema del Portugal nacido de la revolución es que, a pesar de haber conseguido tener libertad de expresión, los dirigentes no escucharon las opiniones del pueblo.

“Antes no podías expresarte con libertad y ahora podemos hablar y decir lo que queremos, pero nadie nos escucha”, se lamenta De Castro, quien ve en los años posteriores al 25 de abril una oportunidad “perdida” para hacer prosperar al país.

Para otros portugueses, ese día de hace 40 años es motivo de orgullo porque marcó el comienzo de la participación de la sociedad civil en la política, se ganó en libertades y mejoró las condiciones de vida en Portugal.

Es el caso de Isabel, una lisboeta de 57 años, que tras la Revolución de los Claveles se alistó inmediatamente en el Partido Socialista, dirigido entonces por el histórico político Mario Soares y que ganó las primeras elecciones democráticas en 1976.

“Fui educada en una sociedad en la que no se podía hablar ni decir lo que uno realmente quería”, señala la portuguesa, quien aún recuerda cómo en los años de la dictadura su tío y su padre escuchaban clandestinamente la emisora comunista Radio Moscú.

Cuando mira hacia atrás, Isabel recuerda con emoción el movimiento de abril porque cree que cambió la mentalidad de los portugueses y permitió la plena integración del país en la Unión Europea (UE).

“Los militares lo hicieron muy bien porque acabaron con la dictadura, pero no me gustó lo que ocurrió durante los dos años siguientes”, comenta Francisco Manuel, taxista en Lisboa.

Francisco Manuel, de 56 años, se refiere a dos de los eventos más controvertidos en la historia reciente del país: la descolonización de los territorios de ultramar (principalmente Angola y Mozambique) y la invasión de campos y de fábricas por simpatizantes del Partido Comunista entre los años 1974 y 1975.

“Creo que las cosas podía haberse hecho mejor porque hay muchas personas que en pocos días lo perdieron todo a manos de los comunistas”, aseguró Manuel.

“La mayoría de los jóvenes no compartimos la versión oficial de que los coroneles nos regalaron la democracia, no nos lo creemos”, asegura Tiago, un joven de 24 años que estudió Historia del Arte y que desde hace dos años vive en Suiza.

Cuando habla del 25 de abril, siente una mezcla de sensaciones.

Por un lado, siente orgullo de que se acabara con la dictadura y comenzaran los movimientos de participación popular y, por otro, desencanto porque, según Tiago, el Portugal de hoy es consecuencia de lo que ocurrió en 1974.

Con una elevada tasa de desempleo entre los jóvenes y bajos salarios, muchos portugueses menores de 30 años ven en la popular Revolución de los Claveles “la causa” de todos los males que sufren hoy en día.

“Fue una oportunidad de cambiar las cosas y la gente de mi generación cree menos en la democracia representativa que la generación de mis padres. Consecuencia de la crisis económica, supongo”, sentencia.

Por Adrián Espallargas