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Prisión, enfermedad y muerte del magnicida que desató la Gran Guerra

WUVN News
04/27/2014 7:00 AM

Praga, 27 abr (EFE).- Soledad, aislamiento y enfermedad. Así fueron los últimos cuatro años de vida de Gavrilo Princip en la prisión checa de Terezin, donde murió hace justo 96 años mientras cumplía condena por el asesinato, en junio de 1914, del heredero del Imperio austro-húngaro, que desató la I Guerra Mundial.

“Estoy muy mal en mi encierro solitario, sin libros, nada para leer, sin ningún contacto”, confió Princip al psiquiatra Martin Pappenheim, quien trabajó en Terezin en 1915 y 1916, y publicó años después sus conversaciones con el joven serbio-bosnio.

Tras matar al archiduque Francisco Fernando y a su esposa Sofía Chodek, condesa de Hohenberg, Princip fue condenado a veinte años de cárcel, ya que no había cumplido aún la mayoría de edad de 20 años que exigía la ley para poder condenarlo a muerte.

La fortaleza de Terezin, donde las autoridades austro-húngaras encerraron al magnicida, fue dos décadas más tarde un campo de concentración nazi, donde murieron decenas de miles de judíos.

Princip fue sometido a una estricta vigilancia en una celda individual, sin apenas luz, con una exigua dieta, permanentemente encadenado y con permiso para pasear solo media hora diaria.

El preso, aunque sólo dormía cuatro horas por la noche, “soñaba mucho, dulces sueños sobre la vida, el amor, nada intranquilo”, señaló el médico austríaco en sus protocolos.

Las descripciones de Pappenheim dibujan a un joven “idealista, que quiso vengar a su nación” y que fue espoleado por “folletos anarquistas que incitaban al atentado”.

“Toda la juventud comparte ese afán revolucionario”, continuó Pappenheim en su semblanza de Princip, que fue publicada después de la guerra.

En ella asegura que el preso “piensa que la revolución social en Europa es posible, porque las cosas están cambiando”.

En cuanto al ambiente en la prisión, Pappenheim consignó que el propio Princip reconoció que no le trataban mal. “Todos se comportan hacia él con corrección”, describió el médico.

La vida de Princip se fue apagando en esa celda oscura durante casi dos años, desde el 5 de diciembre de 1914 hasta abril de 1916, cuando fue hospitalizado aquejado de tuberculosis.

Su estado de ánimo fue también decayendo, con episodios de desesperación, un intento de suicidio, creciente nerviosismo, falta de apetito e incluso dudas sobre el ideal que le llevó a cometer el magnicidio: unificar a todos los eslavos del sur en un único Estado.

“Antes era un estudiante y tenía ideales. Todo lo relacionado con sus ideales está perdido”, escribió su médico.

“Sería una locura tener alguna esperanza. Tiene una herida en el pecho y en la mano”, agregó Pappenheim al observar el estado avanzado de la tuberculosis y cómo hacía mella en sus facultades.

Pero Princip no lamentó nunca el atentado que desencadenó la Gran Guerra, si bien los ecos que recibía sobre el conflicto eran desalentadores, sobre todo las enormes pérdidas humanas sufridas por el Ejército serbio a manos austríacas y búlgaras.

Pese a todo, el preso nunca renegó del uso de la violencia al servicio de la revolución y no dudó en considerar a los autores de atentados como héroes, como relató Princip a su médico en 1916, ya gravemente enfermo e internado en un cercano hospital militar.

Allí mejoraron las condiciones: se libró de los grilletes, la habitación no era tan fría y la alimentación mejoró, pero dejó de poder pasear, una actividad que le gustaba y le infundía ánimos.

La tuberculosis acabó socavando tanto su salud física que en 1917 tuvieron que amputarle el brazo derecho.

Al año siguiente, el 28 de abril, murió Gavrilo Princip, el hombre que abrió el fuego de la Gran Guerra.

“Nuestras sombras se escurren por Viena y murmuran por los palacios y hacen temblar a los poderosos”, es la inscripción que se cuenta se encontró en la celda donde había estado encerrado.

El cadáver de Princip fue primero enterrado en Terezin y en 1920 sus restos fueron exhumados y traslados al Memorial Nacional de Sarajevo, hoy la capital de Bosnia y Herzegovina.

Todavía existe en Terezin una alameda dedicada a Princip, la “Principova alej”, un homenaje cuestionado entre los historiadores checos, por tener sus orígenes en la época comunista del país.