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Cocina diplomática para abrir mentes

WUVN News
05/04/2014 1:42 PM

Washington, 4 may (EFE).- Un pequeño restaurante de Pensilvania ha alcanzado fama con un proyecto que marida la gastronomía con la conciencia política: cada medio año muda de piel y adquiere la nacionalidad de un país con el que EE.UU. está en conflicto, como Venezuela, Cuba, Irán, Corea del Norte o Afganistán.

“Pensamos que la comida era una buena vía emocional para presentarle a la gente un conflicto del que quizás no saben mucho más allá de los titulares de prensa y de la polarizada retórica política”, explicó a Efe Jon Rubin, uno de los dos directores de este local de comida para llevar que responde al gráfico nombre de Conflict Kitchen (cocina de conflicto).

En los cuatro años en los que este pequeño negocio local de Pittsburgh lleva ejerciendo de mediador entre naciones enemistadas, su fachada, su menú, sus eventos y hasta el papel con el que envuelve la comida han mutado completamente siete veces, en función de la situación política internacional.

Este año en el que EE.UU. está determinado a poner fin a su guerra más larga y retirar todas sus tropas de Afganistán, Conflict Kitchen es, desde marzo y por segunda vez, Afghan Takeout y sólo sirve platos de ese país, como el popular “kabuli pulao” (arroz con cordero, zanahorias y pasas).

En otoño, y ante el fracaso de las conversaciones de paz impulsadas por EE.UU. en Oriente Medio, el local se transformará en un restaurante de Palestina. Sobre la pizarra de ideas de sus dueños están también Rusia, Ucrania y, otra vez, Venezuela, protagonistas de los últimos desafíos internacionales de Washington.

La sensibilización sobre estos conflictos no se limita a los platos o la decoración. Jon Rubin y Dawn Weleski organizan eventos que también saltan fronteras, como una cena-videoconferencia por Skype con iraníes en Teherán o un curso de cocina a distancia con “desertores” norcoreanos que residen en Corea del Sur.

Cuba, en eterno conflicto con EE.UU. desde hace décadas, es un ejemplo de la interacción que promueve este proyecto entre las comunidades locales en Estados Unidos y los nacionales que residen en el país de origen.

Cubanos de dentro y fuera de la isla han redactado para Conflict Kitchen el discurso sobre su país que desearían escuchar de boca del presidente estadounidense, Barack Obama: una alocución que puede verse en la página web del local, interpretada por un actor que imita al mandatario.

Los impulsores de este proyecto viajan siempre que pueden a los países de origen para conocer de primera mano la cultura, la situación política y la gastronomía local de la que van a ser embajadores.

De su visita a Cuba no sólo importaron las recetas caseras para hacer “congrí” (arroz con frijoles negros) o “tostones” (plátano verde frito), sino también el concepto de “paladar”, restaurantes cubanos dirigidos por cuentapropistas que suelen estar ubicados en una estancia de la vivienda familiar.

Durante unos meses en los que Conflict Kitchen no tuvo local, atendió a sus clientes en el salón de la casa de una familia de Pittsburgh, como si de una “paladar” habanera se tratase. La capacidad de mutación de este restaurante es tal que poco después sería un puesto de arepas venezolanas y un local de comida norcoreana.

Pese a la intención política de cada detalle de su restaurante, la formación de Jon Rubin y Dawn Weleski no se cimenta en relaciones internacionales sino en arte. “No venimos a enseñar lo que sabemos, venimos a compartir nuestro aprendizaje día a día con este proyecto. Es muy orgánico”, señala Rubin.

A sus empleados tampoco les piden un máster en geopolítica pero sí “interés en las relaciones culturales y políticas entre países” y “habilidad para mantenerse informados de lo que ocurre en el mundo y especialmente en los países en conflicto con EE.UU”.

“Nuestros empleados son la cara de ‘Conflict Kitchen’ y sus conversaciones con nuestros clientes son el corazón de nuestra misión. Esperamos de ellos que sean conversadores expertos de la cultura y el país al que hayamos decidido dedicarnos en ese momento”, especifica este local en sus ofertas de empleo.

En cuatro años y gracias al boca a boca, este pequeño restaurante nacido en una típica ciudad postindustrial estadounidense de poco más de 300.000 habitantes ha logrado ser conocido en todo el mundo, y sus dueños reciben continuas peticiones para abrir franquicias en países como India y Polonia.

Por el momento, Rubin y Weleski prefieren mantener la vocación local de su proyecto y tienen previsto abrir un segundo local en Pittsburgh, una ciudad poco diversa étnicamente y para la que este pequeño negocio ha supuesto una ventana al mundo.

“Antes de que abriéramos, en esta ciudad nunca había habido un restaurante iraní ni norcoreano ni venezolano ni tampoco afgano. Esto no es Nueva York o Washington, donde el acceso a otras culturas y gastronomías está al alcance de la mano”, relata Rubin.

Desde su modesto restaurante de Pensilvania, de lo local a lo internacional, estos dos emprendedores planean seguir viajando y conociendo otras culturas y realidades sociales para sentarlas a la mesa y rebajar las tensiones, al menos hasta que no quede nada en el plato.

Por Cristina García Casado.