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El mayor enemigo del Pentágono: la calculadora

WUVN News
05/11/2014 11:00 AM

Washington, 11 may (EFE).- Un contable halagado en el “Paseo de los Héroes” del Pentágono puede parecer una idea estrafalaria. No para el mayor complejo militar del mundo, donde recientemente se celebró, con el reconocimiento equivalente a la conquista de una posición enemiga, un logro más mundano: pasar una auditoría donde activo y pasivo cuadraron a la primera.

El Cuerpo de Marines ha sido este año el primero en cerrar una auditoría contable sin tener que redondear tremendas cantidades para equilibrar gastos y dotación presupuestaria, algo que el Departamento de Defensa no cree que se pueda lograr en todas sus ramas de combate hasta 2017.

El mayor enemigo del Departamento de Defensa, la agencia gubernamental más grande del mundo, es su tamaño; la incontables partidas de gasto en armamento, pensiones o uniformes; las normas, tan omnipresentes en el mundo castrense, que provocan que una decisión insignificante tenga que pasar por un laberinto burocrático.

Una funcionaria civil del Pentágono explica a Efe cómo las reuniones de su departamento se celebran en una sala que se ha quedado pequeña para el gran número de participantes, pese a que hay un espacio aledaño inutilizado donde se acumulan cajas y sillas.

“Por mi rango tengo adjudicado un número máximo de metros cuadrados de despacho, pese a que es obvio que necesitamos más espacio y que, además, gente de más alto rango participa en las reuniones”, lamenta la funcionaria.

Las inconsistencias presupuestarias del Pentágono se han multiplicado en estos 13 años de guerras contra el terrorismo global y con el aumento constante de las dotaciones presupuestarias para, por ejemplo, levantar instalaciones en el desierto que nunca se han usado.

Dentro de Camp Leatherneck, los soldados tendrán que desmantelar con la retirada de Afganistán unas instalaciones que costaron 34 millones de dólares y nunca han sido utilizadas, pese a que, como dijo en un informe un inspector general del gobierno, “son la mejor construcción que he visto en mis viajes en Afganistán”.

Con el final de las guerras y la llegada de la austeridad, el Pentágono está tomando medidas para atajar los desmanes presupuestarios e ineficiencias que, pese a todo, siguen apareciendo por doquier en este mastodonte.

La Oficina de Supervisión Gubernamental (GAO), equivalente a un Tribunal de Cuentas o Contaduría General, puso el acento el mes pasado en el derroche en uniformes, que en muchos casos no cumplen el objetivo primordial de servir de camuflaje.

En la última década las Fuerzas Armadas han pasado de tener dos diseños de camuflaje a siete y gastar más de 12 millones de dólares en el desarrollo inicial de uniformes que fueron retirados por ser incómodos o porque, como en el caso del Ejército, convertían a los soldados en “diana fácil”.

Cada una de las ramas decidía sobre su propio patrón de colores, pese a que podrían haber compartido diseños que por separado acababan siendo casi idénticos.

“La profusión de estilos refleja la consolidada tradición entre las cuatro ramas del Ejército (Ejército, Armada, Fuerza Aérea y Marines) de ir por libre”, explica el Centro por la Integridad Pública.

La lista de gastos innecesarios es casi interminable y solo en las últimas semanas se han conocido varios casos, como el informe que indica que el Pentágono se ve abocado a destruir hasta 1.000 millones de dólares de su arsenal por la imposibilidad de crear un inventario conjunto sobre qué munición es aún utilizable y cuál no.

Mientras tanto, los silos de los misiles nucleares, el arma más mortífera del planeta, están llenos de goteras y el botón nuclear solo puede ser activado con un disquete de 8 pulgadas, un dispositivo de almacenaje que pocos menores de 30 años han visto jamás y que por el momento seguirá vigente porque “es una buena defensa contra hackers”.

La enumeración de paradojas es tan larga como los pasillos del Pentágono, donde en alguna parte trabaja un nonagenario -que seguramente disfruta de muchos metros cuadrados de despacho- conocido como “Yoda”, nombre del maestro Jedi de la saga “Star Wars”.

Andrew Marshall dirige una oficina con un presupuesto de 10 millones anuales para realizar estudios libres del ojo de los inspectores. En uno de ellos dedicó 300.000 dólares a analizar el lenguaje corporal de los líderes mundiales.

Asegurarse del buen uso de 500.000 millones de dólares anuales de presupuesto son sin duda un desafío digno del mejor de los contables, por eso pocos se extrañaron de que se celebrara la suma y la resta perfecta en el “Paseo de los Héroes”.

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