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Alabama recuerda las trabas para acabar con la educación segregada en EE.UU.

WUVN News
05/17/2014 9:40 AM

Montgomery (EE.UU.), 17 may (EFE).- Seis décadas después del fin legal de la segregación racial en las aulas de Estados Unidos, en la Universidad Estatal de Alabama, donde cerca del 95 % de los estudiantes es afroamericano, los profesores y expertos admiten que el cambio real es más engorroso y requiere más matices.

El 17 de mayo de 1964, el Tribunal Supremo de EE.UU. declaró inconstitucionales las leyes estatales que permitían un sistema de escuelas públicas segregadas para blancos y negros en Alabama, Florida, Texas, Virginia, Carolina del Norte y una quincena de estados más.

En Montgomery, capital de uno de los estados que más sufrió la segregación en sus calles y que lideró el movimiento de los derechos civiles, la Universidad Estatal de Alabama se enorgullece de ser el centro de estudios superiores con fondos estatales de tradición negra más antiguo del país.

“Se fundó en 1867, dos años después del fin de la guerra civil y fue creada por nueve antiguos esclavos. ¿Se puede imaginar lo valientes que fueron?”, destaca a Efe Kenneth Mullinax, portavoz de la universidad y veterano en la lucha de los derechos de los afroamericanos.

En el sur de EE.UU., la decisión judicial de 1964 provocó una sacudida: declaró inconstitucional la existencia de dos sistemas paralelos de educación pública según la raza, abrió un camino de la esperanza en la comunidad negra y activó la lucha pacífica en los afroamericanos.

“Eliminó la segregación en las aulas… pero sólo legalmente”, matiza Mullinax, que nació en una familia blanca en plena década de lucha por los derechos civiles. “En Alabama las escuelas no se integraron verdaderamente hasta diez o doce años después”.

Ni la decisión judicial del Supremo era de aplicación inmediata ni los defensores de la segregación se lo pusieron fácil, al legislar en contra desde los estados, iniciar campañas a favor de la segregación y optar por sacar a sus hijos del sistema público.

El doctor en Historia Howard Robinson subraya que una de las críticas fue que “no se puede legislar en moralidad” y recuerda el trasvase que hubo de alumnos blancos hacia la educación privada, ajena a la regulación.

“Las llamadas ‘academias segregadas’ se extendieron después de la resolución y dieron una alternativa educativa a los estudiantes blancos cuyos padres no querían que crecieran en una escuela integrada”, detalla Robinson, que es miembro del Centro Nacional para el Estudio de los Derechos Civiles, situado en esta universidad sureña.

De hecho, los hispanos, con importante presencia en estados segregados como Texas, ya habían comprobado en los años 1940 y 1950 que, sin ley, la segregación también puede ser un hecho.

Mientras las leyes segregacionistas fueron entrando en vigor, los habitantes de origen hispano no fueron incluidos en la legislación pero la discriminación fue igualmente un hecho para ellos: más sutil, informal y en la sombra.

Seis décadas después, persisten las escuelas y universidades con marcados desequilibrios raciales y, según estudios recientes, esas diferencias han aumentado últimamente, cómo mínimo, en la educación primaria y secundaria.

En la Universidad Estatal de Alabama creen que, para cambiarlo, las leyes no son suficientes y que los valores son clave.

“Los niños y niñas escuchan en sus casas a sus padres, a sus amigos, a sus vecinos que articulan discursos de rechazo”, opina combativo Mullinax.

Robinson, que estudió en una universidad de tradición negra, es profesor en una y sus hijas van a una, es más positivo: “Nos autosegregamos”.

“Queremos ir a la escuela con gente como nosotros, queremos vivir con gente como nosotros y formar parte de una institución que refleje íntimamente lo que somos”, argumenta.

Pese a todo, este experto en derechos civiles cree que el fin sobre el papel de la segregación racial en las aulas “tuvo una importancia crítica y fue un eslabón para el movimiento de derechos civiles moderno”.

La comunidad negra tomó impulso entonces y se dio cuenta de que los cambios eran posibles.

Precisamente aquí en Montgomery, cuatro días después de la decisión del Tribunal Supremo, Jo Ann Robinson presentó una carta al alcalde de la ciudad y en nombre de centenares de mujeres de la zona se quejó de la separación por razas en los autobuses.

Empezaba otra lucha, la del fin de la segregación racial en el transporte público, de la que emergerían las figuras de Rosa Parks y Martin Luther King Jr, y que demostraría que el movimiento de los derechos civiles ya no tenía marcha atrás en EE.UU.