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El día en que Manolo aceptó a regañadientes ser Nino Bravo y cambió su vida

WUVN News
05/20/2014 7:21 AM

Valencia (España), 20 may (EFE).- El 10 de septiembre de 1968, Luis Manuel Ferri, hasta entonces Manolo para amigos y familiares, aceptó a regañadientes el nombre artístico que su descubridor y representante se había propuesto encontrar para encumbrarle en la canción melódica. Había nacido Nino Bravo y con él, un mito.

Así lo desvela, en primera persona, el periodista y promotor musical Miguel Siurán en la “biografía definitiva” de aquel joven de Aielo de Malferit (Valencia, este) que cantaba en Los Superson tras haber trabajado en una joyería, y a quien él se propuso pulir para convertirlo en una estrella internacional.

Siurán quiso escribir esta obra, que se presenta hoy en la SGAE de Valencia, para acabar con determinadas versiones en torno a la vida y obra de Nino Bravo que han ido sucediéndose desde su muerte, hace ya 41 años en aquel accidente de tráfico en Villarrubio (Cuenca, centro) que elevó al ídolo a categoría de mito.

En orden cronológico y para dejar “las cosas claras”, desgrana el proceso musical que llevó al intérprete de “Libre”, “Un beso y una flor” o “América” a ser toda una figura dentro y fuera de España, entre anécdotas, fotografías y diálogos que recupera de su memoria.

Así, cuenta que le conoció en julio de 1968 a través de un amigo común y con referencias que le emparejaban musicalmente con Tom Jones. Entre sandías y horchatas, ambos empezaron a tratarse aunque con no demasiada química al principio.

Le llevó entonces a participar en el Festival de Cantantes Noveles de La Vall d’Uixò (Castellón, este) y para el repertorio, Siurán narra cómo el aún Manolo le justificó haber elegido “Canzone per te”, de Sergio Endrigo: “Mi estilo es melódico, sobre todo. Durante mis primeros años de cantante llevé mucho tiempo en mi repertorio el ‘Only you’ de los Platters y canciones de Domenico Modugno”.

Acompañado por una orquesta y compitiendo, entre otros, con dos participantes que habían elegido la misma canción que él, Luis Manuel Ferri deslumbró con su torrente de voz pero el público, que votaba con sus aplausos las mejores actuaciones, le dejó sin premio.

Esa noche veraniega, su representante se prometió a sí mismo que se desviviría para lograr convertir “aquel chico humilde de barrio en una estrella de la canción”, algo que debía empezar hallando un nombre artístico acorde con el ambicioso futuro que le aventuraba.

“Nino” vino primero. El autor lo justifica tanto en su admiración por el compositor italiano Nino Rota como en el apodo valenciano a quien gozaba de un cuerpo “bien formado, elegante y guapetón”; al aún Manolo le sorprendió cuando se lo “impuso” y aunque no se opuso, tampoco mostró un gran entusiasmo.

Lo de “Bravo” llegó días después. Su representante se esforzaba por encontrar un apellido sonoro y musical que cuadrara con Nino y, según cuenta en el libro, dio con él durante un rifirrafe de taberna entre marineros y una prostituta: uno de ellos salió en defensa de la mujer y Siurán exclamó “¡Bravo, Nino!”, tras lo cual, asegura, supo que estaba por fin ante lo que iba buscando.

“En principio Nino le puso reparos, de que le sonaba a torero, pero a mí me sonaba a gloria”, recuerda orgulloso el autor, quien teatralizó este bautismo envolviendo al artista en un cartel promocional a modo de capa española y “algo irreverente” le espetó: “Yo te bautizo con el nombre de Nino Bravo”.

Comenzaron entonces las sesiones de fotos, las entrevistas promocionales y los primeros contratos discográficos, de conciertos y festivales y llegó la ruptura entre el ya asentado Nino Bravo y su representante, antes de saltar al mercado latinoamericano.

El autor resume aquella convulsa época en duros títulos de capítulos (“Nino quiso volver con su descubridor pero éste se negó” o “Comienza a vislumbrarse el lado oscuro de su vanidad”) y carga contra él, entre otras cosas, por mentir “deliberadamente” al explicar el origen de su nombre artístico.

La obra fluye por el éxito logrado esos tres años y culmina con aquel fatídico viaje hacia Madrid, no sin antes describir la cita privada que Nino Bravo tuvo esa mañana del 16 de abril de 1973 en una céntrica cafetería de Valencia con una “misteriosa fan de pelo negro como azabache”. El mito continúa.

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