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Maruja Torres afirma que “el periodismo que sale a bolsa es el que ha fastidiado todo”

WUVN News
06/03/2014 10:42 AM

Madrid, 3 jun (EFE).- Curtida en las mil batallas de la vida y del periodismo, Maruja Torres que nunca he tenido pelos en la lengua ha escrito el libro más sincero de su vida, “Diez veces siete”, en el que revisita su vida, sus heridas y alegrías y donde habla del periodismo, su pasión, y sobre su salida de El País.

“El periodismo llamado oficial está en crisis. Y se empezó a fastidiar cuando empezó a ser empresa, cuando salió a bolsa y se olvidó lo que es. Hoy hasta los periódicos en digital no son buenos. Se matan entre ellos y, además, si no se cobra se rompe la baraja”, explica en una entrevista con Efe, la escritora y periodista.

Hoy Maruja Torres (Barcelona, 1943) es muy activa en los nuevos medios, en las redes sociales, y colabora en varios medios digitales, como eldiario.es y “Mongolia”. Su redacción ahora es su ordenador y con “Diez veces siete, una chica de barrio nunca se rinde”, editado por Planeta, cierra un ciclo y se despide de una época y de una forma de hacer periodismo, dice.

“Este libro es muy importante en mi vida, por muchas cosas, y es una manera de decir: ahí queda eso para vosotros. La generación a la que pertenezco lo hemos pasado muy mal; pero sin embargo, hemos salido adelante, así es que no os amedrentéis”, subraya.

“Si yo me he reeinventado, todos los demás también”, recalca Maruja Torres, con humor y siempre crítica, como ahora que lo es con la cobertura que se ha dado a la abdicación del Rey. “Todos lo cuentan igual, todos son hagiográficos, sin matices”, añade Torres.

“Nunca pensé que salir de El País me iba a dar más prestigio que quedarme. Tengo muchos más seguidores ahora”, dispara.

Pero “Diez veces siete” es mucho más que el repaso profesional de una prestigiosa periodista que trabajó en El País durante más de treinta años en los momentos más importantes del periódico, es también su narración más descarnada y desnuda.

Es la historia de la niña que nació en el barrio chino barcelonés, hoy el Raval, que sufrió el abandonó de su padre cuando era pequeña, y que fue testigo de las penurias y los malos tratos de su progenitor a su madre.

Una madre que, por sus propias circunstancias, provocó muchas ausencias emocionales a una niña que se construyó y aprendió la vida en los cines, en el barrio, compartiendo invitaciones con las prostitutas, y a la que escribir este libro le ha costado muchas lágrimas.

“Era un patito feo y por suerte no me convertí en cisne, sino en una mujer sin apéndices”, escribe Torres en este libro, que es también la historia dura y en blanco y negro, de una época bastante miserable de este país.

“Empecé a escribir este libro cuando acababa de irme del periódico cuando pensaba que tenía que reinventarme -de ahí el título- y quería tocar y abrir cosas que nunca había abierto, porque yo soy muy de jaja… pero la procesión la llevo por dentro”, explica.

“Así es que me dije que tenía cosas que contar y que era la edad perfecta para hacerlo”, argumenta la autora de “Mientras vivimos”.

Y es que Torres quería contar cosas como su aborto o que fue sentimentalmente “torpe”. “He sido incapaz de comprometerme y eso ha sido algo que siempre he esquivado, pero soy la suma de todo lo que fui, y creo que no ha ido nada mal, porque tal y como nací -reconoce- podría haber estado muerta o podría haberme quedado preñada a los 16 años de un imbécil o de un borracho”.

Premio Planeta, Premio Nadal, Medalla de Oro a las Bellas Artes por su contribución a la cultura, Maruja Torres comenzó en sus primeros años a trabajar en Garbo y después en Fotogramas, donde empezó a escribir de cine, su gran pasión, compartida con su gran amigo Terenci Moix.

Con pulso, la palabra precisa y ritmo de crónica periodística y “cayendo lluvia en las tripas”, como dice la autora en el libro “Diez veces siete”, Maruja Torres establece un diálogo directo con el lector en una narración con la que dice que se ha quedado en paz.

“Ahora ya me puedo morir tranquila, cuento lo que quería, está bien escrito y me respeto por haberlo escrito, porque también podía haberme puesto a llorar en un rincón, pero no lo he hecho”, concluye con ternura y humor.

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